Mi Código de la Circulación por la carretera de la vida.

"Yo soy solo uno. Puedo hacer solo lo que uno puede hacer; pero lo que uno puede hacer, yo lo hago" (John Seymour, 1914-2004). //La sinceridad está sobrevalorada.// Antes de hablar ten claro que las palabras sean más oportunas que el silencio.// No discutas nunca con un imbécil. Te obligará a rebajarte a su nivel y te ganará por experiencia.// ¡Cuántas veces no se pretende sólo derrotar al contrario, sino más bien hundirle tanto en lo profesional como en lo personal!// ¿Quieres ser feliz un instante (o dos)? ¡Véngate! ¿Quieres ser feliz para siempre? ¡Perdona!// Cuanto más pequeño es un corazón, más rencor alberga.// No juzgues. Todas las personas te pueden sorprender si les das la oportunidad.// Tú sigue adelante, si alguien quiere ir contigo, que tire también.// No mires mucho alrededor, sigue adelante pues como dijo no sé quién: "es preferible pedir disculpas a pedir perdón".// No es posible caer bien a todo el mundo. Hagas lo que hagas unos te querrán y otros te aborrecerán. Es inevitable.// El ser humano forma parte de la Naturaleza y es un ser vivo como los demás (árboles, zorros, libélulas, bacterias) por lo que está sometido a los mismos procesos vitales.// Las religiones son el principal enemigo de la salud mental.// Si soy normal, y hago esto y lo otro, seguro que todas las demás personas harán lo mismo o cosas parecidas.

jueves, 14 de octubre de 2010

Un día en las Machorras. Texto para acompañar a las fotografías.

Los días 12 y 13 de octubre los hemos pasado en una cabaña en la montaña cantábrica de Burgos, en las proximidades de las Machorras, municipio de Espinosa de los Monteros. Con la selección de fotografías que forman la entrada anterior creo que es suficiente para que te hagas una idea de lo agreste y espectacular que es aquello. El día 12 amaneció gris, después de una noche en la que llovió todo lo que quiso y en la que "el héroe de la noche" sacó a una furgoneta atravesada y encajada entre los taludes de un camino, hundida en el suelo de piedras y barro. A la luz de un frontal y un par de linternas, mientras llovía a mares, de noche cerrada, la potencia, a la par que la exquisita fuerza, del "héroe de la noche" permitieron sacar el vehículo sin ninguna dificultad. El día amaneció sin lluvia pero muy brumoso. El paisaje, maravilloso. La soledad, bellísima. Desde primera hora los pájaros se manifestaron cantando. Hay allí muchas aves forestales residentes como carboneros (Parus major), herrerillos (Parus caeruleus) o trepador azul (Sitta europaea). El hábitat es de dispersas masas boscosas de caducifolios como haya, fresno o roble sobre grandes espacios de pastos verdes cerrados con tapias de piedra seca. Con un sotobosque de zarzamora, aulaga, endrino, escaramujo y helechos en los espacios por los que no pastan las vacas. Además de ello, estos valles están conformados por elevadas montañas calizas con cortados y hendiduras muy abundantes. Más hacia arriba desaparecen los árboles y, las zonas que no se pastan, están cubiertas de helechos, que son los que dan el color de herrumbre a esas alturas en otoño. Tengo la impresión de que la combinación de bosques y praderas es el hábitat ideal para el arrendajo común (Garrulus glandarius), el busardo ratonero (Buteo buteo); o las cornejas (Corvus corone), chovas (Pyrrhocorax sp.) y buitres leonados (Gyps fulvus) en las escarpaduras. Entre las vacas se ven bandadas de pinzones vulgares (Fringilla coelebs), verdecillos (Serinus serinus), verderón serrano (Serinus citrinella), verderón común (Carduelis chloris) y pardillo común (Carduelis cannabina). A sus pies, y entre el estiércol, se ven bisbitas pratenses (Anthus pratensis). Entre los matorrales se adivina al petirrojo (Eritachus rubecula), al chochín (Troglodytes troglodytes) y al acentor común (Prunella modularis). La belleza y serenidad de un paseo por los caminos, apenas adivinados, bordeados de muros de piedras irregulares, se completa con la constante compañía de aves de todas estas especies. Al atardecer, en los roquedos, los buitres abren sus alas de espaldas al sol. La casi total desaparición de personas en aquellas soledades, unida a una severa disminución de explotaciones de ganado vacuno, hace que no sea fácil imaginar la actividad frenética que tuvo que haber en estos altos pastos estivales durante los veranos de hace unos años. La siega, el acarreo y ensilado del heno, el ganado bajando a beber al río, las fiestas en los pueblos de los alrededores, la bajada de los montes al acercarse el otoño (por estas mismas fechas) llenarían el aire de sonidos, luces y olores. Ahora, aquello es un pálido reflejo de aquellos días luminosos en los que las cosas, las tapias, las casas, las cuadras cumplían una función. La actual tranquilidad pone un punto de melancolía, de un mundo que desaparece ante nuestros ojos.

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